Sería difícil intentar señalar las herencias visuales y conceptuales de Francisca Tuca; puesto que, en un ejercicio de creación que resulta muy personal, hace lances a entablar diálogos con herencias y conceptos diversos y distantes.
En sus prendas, Francisca, parte de la observación del cielo, infinito en su naturaleza, para preguntarse por procesos de identidad del género humano y por lo inefable y solemne de esa contemplación.
En esa observación del cielo aparece una colección depurada de todo accesorio y decorado innecesario. De hecho, el trabajo del color de Francisca Tuca podría evocar de manera clara los paisajes cromáticos de Mark Rothko, especialmente una vez abandonó el color cálido en su serie de murales Seagram. No hay un límite tajante entre un color y otro, y la referencia a la línea del horizonte es evidente. En lugar de delimitar las zonas cromáticas de forma determinante, Francisca Tuca opta por un límite líquido que refuerza efectivamente la construcción fluida de sus prendas.
Sin embargo, esa fluidez en la construcción aparece sobre la base de una arquitectura de corte minimalista que recuerda un poco el trabajo de curvas y líneas rectas de Frank Lloyd Wright. Si bien se nota un arraigo en estéticas modernas, su interpretación y proceso creativo personales hacen que logre una colección contemporánea y descomplicada.